jueves, 18 de febrero de 2016

El camino a Tenochtitlán (cuadro de Ferrer-Dalmau)


Contexto

Corría el año 1519. En Castilla, el bando comunero reclutaba tropas y recaudaba fondos, en lucha abierta contra los partidarios del rey desde hacía ya más de cuatro meses. El joven rey Carlos se había aprestado a viajar hacia Alemania tras conocer la noticia de su elección como Rey de Romanos. Al otro lado de la Mar Océana, un rebelde llamado Hernán Cortés marchaba al encuentro del emperador Moctezuma y hacia su capital, Tenochtitlán. No marchaba solo. Tras él, una heterogénea fuerza por quinientos aventureros sujetos a sus propias ordenanzas, los llamados conquistadores. Pero los soldados españoles, gente ávida de fortuna, no eran los únicos componentes de aquel ejército.

Interpretar la Conquista de México, episodio controvertido y fascinante a partes iguales, desde la óptica de una lucha de los unos (españoles) contra los otros (indios), es un error. La Triple Alianza tenía muchos enemigos aún entre sus naciones tributarias. El más grande de dichos enemigos era la Confederación Tlaxcalteca. En Tlaxcala encontró Cortés un socio capaz, un aliado que se mantuvo firme aún en los peores momentos.

Antes de marchar hacia Tenochtitlán, el extremeño contentó a sus aliados, saldando viejas cuentas de éstos para con la vecina Cholula. Argumentando la preparación de una trampa, no sabemos si real o fingida, la gran ciudad fue saqueada durante seis días, su templo mayor incendiado y cinco mil de sus habitantes pasados a cuchillo. El ejército acampó en ella durante dos semanas, y se envió a Pedro de Alvarado para explorar el camino que debía llevarles hacia la capital. Les esperaba “el Paso de Cortés”, a cuatro mil metros de altura entre los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl. En torno al treinta de octubre salieron de Cholula con dirección a Huejotzingo. Cruzaron, para ello, el río Actipan.


Detalle de los jinetes


La obra

Casi quinientos años después, el afamado pintor español Augusto Ferrer-Dalmau Nieto recibe el encargo de crear un lienzo sobre la Conquista de México. El proyecto es ambicioso: una panorámica de la hueste de Cortés durante el cruce de un río. La intención del pintor, como suele, era la de reflejar del modo más fidedigno posible la escena, como si de una fotografía se tratara. A tal efecto, Ferrer-Dalmau y quien éstas líneas escribe, trabajamos mano a mano para que ésta pintura cumpliera, en la medida de lo posible, dicho objetivo.

Mucho se ha escrito, dibujado o pintado sobre la Conquista de México. Ésta pintura no quiere ser “rompedora”, en el sentido de reflejar aspectos desconocidos o inéditos de éste proceso, si no más bien acercar al gran público las conclusiones de los últimos estudios y obras especializadas que relativas a éste acontecimiento han aparecido desde la perspectiva de la historia militar.

Lejos de la visión decimonónica del conquistador arquetípico, provisto de colorido gregüescos, morrión de cresta y armas a la usanza de décadas posteriores (como la guarnición de cazoleta, que no aparece hasta la década de 1630), un análisis más cercano a las fuentes artísticas y documentales del periodo nos presenta una estampa muy diferente. Así, basándonos en testimonios contemporáneos como los dibujos de Christoph Weiditz o al siempre elocuente arte sacro, el conquistador castellano vestiría con una mezcla de elementos que estribarían entre la sobria moda castellana de principios del siglo XVI a la influencia de la moda militar italiana y, sobre todo, alemana.

El cuadro, mediante una serie de elementos clave, nos ofrece una instantánea de como podían haber sido las huestes de Cortés. Guía al conjunto un guerrero tlaxcalteca, en calidad de aliado, vistiendo su escaupil y empuñando su “maquahuitl”, la temible espada de madera con lascas de afilada obdisiana. Detrás de él, los jinetes, que tan importantes fueron en las batallas libradas en suelo mexicano, armados con espadas, adargas, celadas, petos milaneses y lanzas ligeras a modo de venablo, con las que poder reñir “a la jineta”, estilo de monta ágil aprendido de los nazaríes.

Arcabuceros y ballesteros, más desconocidos pero numerosos, tuvieron gran importancia en aquella conquista. Su número, empero, distaba mucho de convertirlos en un factor decisivo. Trece arcabuceros manejando versiones primitivas del arma de fuego portátil que ya triunfaba en los campos de batalla europeos. La estampida del arcabuz y el cañón, comparada por los guerreros mesoamericanos con el trueno, constituía una gran baza en lo psicológico, pero la puntería de los treinta y dos ballesteros de Cortés sería, sin embargo, más decisiva. Los humildes lanceros y rodeleros formaban el núcleo de la tropa, sólidos y disciplinados. Su mayor ventaja, aparte de las armas y armaduras de acero, era la táctica. Llevaron a sus enemigos un tipo de guerra al que no estaban acostumbrados, la del poder defensivo/ofensivo de las formaciones cerradas de picas y arcabuces, que ejemplificaban el proceso coetáneo de revolución militar en Europa, de la que nos hablara Geoffrey Parker.

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La hueste no la formaban solo los soldados. Con ellos, y no menos importantes, iban los civiles. Los caciques totonacas y tlaxcaltecas habían dado a Cortés miles de porteadores. El “tameme” mesoamericano podía cargar un promedio de veintitrés kilos en su espalda, en largas jornadas donde podían cubrirse hasta veinticinco kilómetros diarios. Su monumental esfuerzo fue esencial. Ellos cargaban con los cañones, las vituallas, municiones e impedimenta. Junto a ellos, las mujeres que acompañaban a la tropa, en calidad de sirvientas, que realizaban tareas vitales para el día a día. A todas ella ejemplifica la silenciosa mujer tlaxcalteca que acompaña, cargada con su petate, a las tropas en el centro de la composición. Herreros, carpinteros, médicos y sacerdotes acompañaron también a Cortés. El que aparece en ésta obra es Bartolomé de Olmedo (bajo el rostro de éste autor), del hábito de la Merced, consejero del extremeño y, en ocasiones, su representante en negociaciones y misiones diplomáticas.


Todos éstos y muchos otros elementos conforman “El camino a Tenochtitlán”. Dejando atrás la maltrecha Cholula, juntos bajo una misma bandera marcharán, en adelante, tlaxcaltecas y castellanos, dando fe de que el proceso de conquista y colonización fue mucho más complejo, en lo político y material, de lo que se pudiera pensar.

David Nievas Muñoz
Licenciado en Historia por la Universidad de Granada
Máster en la Monarquía Católica, el Siglo de Oro Español y la Europa Barroca




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